En tiempos de calor la inspiración es como la lluvia que refresca la piel y renueva la tierra deshidratada, inexistente. A falta de lluvia el riego artificial puede ser una alternativa factible. La tierra necesita del agua, pues sin ella se agrieta, pierde color, deja de ser cobijo de seres vivos, las plantas que crecen de ella pierden su fuerza, en definitiva, sin agua no hay vida. Y hace mucho calor. Mi cerebro es como la tierra, y en esta paradójica metáfora la inspiración sería el agua que por h o por b escasea en esta época. Y cómo inyectar inspiración artificial en mí. Las ideas que antes fluían con gracilidad por los entresijos en mi mente se consumen poco a poco al fuego abrasador de la inactividad. Y hace mucho mucho calor. Asfixiante. Agua, quiero agua, inspiración. Pero de dónde la saco. Escondida bajo mi cráneo una fértil jungla de palabras se convierte en segundos en un desierto desolador, vacío, y qué hacer para evitarlo. ¿No hay nada en la agonizante tierra que motive a la lluvia? Claro que antes lo había. Como antes había quien inspiraba mis palabras, quien robó lluvia cuando se fue. Hace demasiado calor. Caigo sobre la arena de mi propio desierto, mis ojos se cierran, mis labios susurran la única palabra por fundir: sequía
Y luego nada. adiós a todo.
Y de repente, algo frío me acaricia cuello, los brazos, la cintura, las piernas, los párpados... Hielo, es hielo que toma aliento y se funde en un largo beso con el fuego de mis labios. Y de repente, ahí está, Agua. Y caen tres gotas sobre la tierra, y luego seis, y luego veinte y luego mil y luego todo lo que veo es lluvia y ya no me quema la cabeza. Mírala, ¿la ves?, ahí está. Inspiración.
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